El hilo rojo

Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse sin importar el tiempo, lugar o circunstancias. El hilo puede estirarse, contraerse o enredarse, pero nunca podrá romperse. 

-Leyenda oriental.

Habían pasado no sé cuántos años ya desde la última vez que Diego escuchaba la voz del amor de su vida; en sus últimos cumpleaños, un mensaje de texto con el deseo cliché de “todo lo mejor para ti” parecía ser suficiente para demostrar que ella todavía lo recordaba.  Pero un número desconocido irrumpió en el silencio de su habitación cuando su celular comienza a sonar. Diego es una persona que no acostumbra contestar llamadas extrañas, pero hoy era su cumpleaños y estaba claro de que la ocasión se prestaba para muchas felicitaciones de números que en principio parecían desconocidos. Cuando finalmente atiende, una voz retumbó hasta en el rincón más lejano de su memoria, removiento cientos de miles de sentimientos, haciéndole saber que era ella, era Emma.

Les voy a contar la historia de este par. Brevemente, espero, pero no les garantizo nada. Emma y Diego se conocieron en una clínica una noche en la que Diego había entrado de emergencia tras haber sufrido un accidente en su vehículo; se había lesionado la cervical, y Emma era una de las enfermeras de turno a quien le encargaron velar por su recuperación. Cuando a Diego su médico de cabecera le da de alta, agradece a la enfermera por su atento cuidado y con un tímido apretón de manos se despide. Un mes después, se consiguen en la cola de un supermercado, y no dudaron en iniciar una conversación para entretenerse en el trajín: historias, quejas y anécdotas fueron y vinieron; la cajera era nueva y mientras despachaba lentamente a cada comprador, intercambiaron números de teléfono. Esa misma noche, Diego invitó a Emma a una cena que más tarde se convertiría en la primera cita. Sobre la terraza de un acogedor restaurant, contemplando la luz de la luna llena, descubren cómo el destino los había obligado a encontrarse. Desconozco la magia que envolvió a esta pareja que en poco tiempo después ya se habían hecho novios. Yo los vi ser muy felices, hasta al punto de envidiar un poco su suerte: yo también hubiese querido encontrarme accidentalmente con mi hilo rojo.

Diego es un hombre de muy buen porte, ojos café, tez morena y una voz bastante grave. Disfruta pasar su tiempo con su familia y amigos, bastante popular y divertido, si hay algo que le disgusta es la soledad. Emma es una mujer sumamente atractiva, con rasgos ginger, a pesar de que en su adolescencia el sol había logrado oscurecer casi por completo su rojiza melena. De estatura promedio y pómulos prominentes, a Emma, en contraste, no le molestaba pasar tiempo sola leyendo literatura de Jorge Luis Borges o tocando el piano. Si bien ambos difieren en muchos aspectos de personalidad y carácter, son como esos complementos que se equilibran solos, llenando cuando predominan vacíos y conteniendo cuando hay excesos y desbordes. Todo apunta a una relación sana que perduraría por años.

En su primer aniversario de noviazgo, deciden viajar juntos para pasar el verano en Nueva York. Viven treinta y cinco días intensos y apasionados en la Gran Manzana, tras los cuales su compromiso pareció haber quedado afianzado al planificar con bastante madurez y serenidad los próximos años de sus vidas.

Al regresar a Venezuela, Emma es recibida con la noticia de que su padre había fallecido esa mañana; el ejemplo a seguir de toda su vida ya no la acompañaría más cuando dos antisociales habían decidido apuñalarle brutalmente el tórax en un intento de robo saliendo de casa. En el hospital no logró conseguir la atención médica requerida, ni tampoco la más expedita para la emergencia de la que se trataba, por falta de insumos y médicos disponibles. El destino le había arrebatado a su madre diez años antes en un fulminante accidente y ahora pretendía llevarse con total irrevocabilidad a su padre, sin haber tenido la oportunidad de reiterarle lo agradecida que estaba con él y lo mucho que lo amaba. Un enorme vacío se apoderó de su corazón, sintió cómo el pecho se le hundía lentamente, como un agujero negro devorándola por dentro. Diego, en ese momento, era lo único que le quedaba en el mundo.

Pasaron meses, y aunque el dolor no la abandonaba, logró poco a poco reponerse y seguir adelante. Una noche, mientras tocaba el piano, tuvo una de esas revelaciones, algo así como cuando un ciego recupera su visión después de un prolongado y mezquino blurr. Había descubierto cuál era su propósito de vida, y el lugar donde se encontraba estaba muy lejos de allí.

Cuando Diego regresa a casa con la noticia de que lo habían ascendido a Vicepresidente Ejecutivo en una reconocida aseguradora, Emma le confiesa sus deseos de estudiar Medicina en Estados Unidos, al haber optado por una beca en Chicago. No sabría describir las emociones que se desprendieron en ese momento, todo lo que sé es que, después de una larga discusión, Emma no cambió de parecer. Diego había asumido una gran responsabilidad en su trabajo para la cual no había vuelta atrás. Emma no trató ni siquiera de disuadirlo en dejar su trabajo, sus palabras siempre estuvieron dirigidas a la consecución del proyecto individual de cada uno sin menoscabo del otro. ¿Las implicaciones? Inciertas. Era un nuevo ciclo para los dos, pero seguían teniendo la esperanza de terminar juntos.

Emma quedó seleccionada en la lista de beneficiarios de la beca, y una vez finiquitado el trámite legal correspondiente, se muda a Chicago. A pesar de la distancia, el fuerte lazo que la une con Diego se mantiene casi incólume. Hablaban casi todas las noches por FaceTime, hasta que el mismo destino que conspiró su encuentro aquella noche en la clínica, los fue separando lenta pero irremediablemente.

Con el paso de los años, Diego renuncia a su trabajo y decide emprender su nueva empresa. Al principio fue sumamente absorbente el proceso, sobre todo por los contratiempos que se le presentaron. La frecuencia con la que iba a Chicago a visitar a Emma fue cambiando drásticamente. Emma, mientras tanto, apenas lograba sacar tiempo para sí misma, su carrera la consumía tanto que las únicas personas con las que interactuaba eran sus compañeros de guardia y algunos pacientes reincidentes.

Las discusiones no se hicieron esperar, cada día era diferente el motivo, hasta llegar al punto de la disolvencia. Sí, el trabajo y las responsabilidades se adueñaron del tiempo de los dos, y el remanente libre que les quedaba se había agotado en peleas y conflictos, hasta que poco a poco fueron perdiendo comunicación.

Es difícil determinar con precisión en qué momento se produjo el punto de quiebre de este par. Quizá fue mucho antes de comenzadas las discusiones, o tal vez después del agotamiento que las mismas dejaron. Es una pregunta que al menos yo constantemente me haría si fuese alguno de ellos. El hecho, a ciencia cierta, es que por mucho que planificaron un futuro juntos, los resultados no fueron los esperados. Y que quede claro que esta no fue en ningún momento una historia de infidelidad ni de mentiras. Cuando la situación ya era más que evidente, Emma y Diego decidieron, muy pacíficamente, tomar caminos separados.

Años transcurrieron, ocasionalmente intercambiaban mensajes sólo para saber que se encontraban bien. A pesar de las circunstancias, vivieron muchas experiencias juntos. No resulta fácil expulsar de tu vida a alguien que en algún momento fue tu todo. Diego dejó de prestar atención a su vida amorosa para dedicarse exclusivamente a hacer negocios, y bien que muchos frutos le trajeron. Logró mudarse a una casa bastante grande junto con Nieve, su nuevo lobo siberiano, al que consentía como a nadie. Aunque la evitaba a toda costa, el extrovertido Diego terminó enamorándose de la soledad.

Pero esa tarde de cumpleaños, recibió la sorpresiva llamada de Emma. Hacía mucho tiempo que no escuchaba su voz, pero no la había olvidado.

Hola Diego, te deseo un feliz cumpleaños de todo corazón.
Muchas gracias Emma, qué lindo gesto de tu parte. -le responde Diego.
¡No es nada! Siempre me acuerdo de ti. Pero también hay otro motivo por el que te estoy llamando, y cruzando los dedos con que no sea demasiado tarde.
¿Y qué será eso? Ya lograste que me pusiera tenso.
Tranquilo. He pasado muchos meses tratando de hallar la mejor manera de decírtelo y al final me di cuenta que le estaba dando muchas vueltas innecesarias en mi cabeza, y que el tiempo, al sol de hoy, había corrido inútilmente. Sólo quería que supieras que me estaré casando la próxima semana, y a pesar de todo, me gustaría tenerte presente allí, como el hombre al que le debo casi diez años de mi vida. Si por cualquier motivo no puedes o no quieres estar presente, yo lo entenderé.

A Diego seguramente se le hizo un nudo en la garganta al recibir la noticia. Su primer y único pensamiento se agotó en aceptar que su hilo rojo se había roto, o tal vez sólo se había enredado, o tensado. Quién sabe. Él no la iba a olvidar, su corazón aún conservaba vivo el recuerdo del amor de su vida, y se mentía a sí mismo con la esperanza de que el destino más adelante los llevaría a reencontrarse, sin importar las condiciones de tiempo o lugar. Era una ilusión peligrosa, pero más tarde en la boda se dio cuenta que nunca fue más que eso. Lo único que tenía frente a su cara era una realidad a la que necesitaba darle una respuesta para acabar con aquel silencio nostálgico que se había apoderado del teléfono.

Por supuesto, Emma. Cuenta conmigo, siempre.

14 thoughts on “El hilo rojo

  1. Me gusto como en pocas líneas relatas la experiencia del primer gran amor, la necesidad de siempre querer saber del otro y la separación “pacífica” que esconde un caos de emociones. Muy bueno.

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  2. Como dirían por ahí: “Justo en la llaga.” Creo que a todos nos pasa que conocemos a alguien con los que nos sentimos que todo lo podemos y que a pesar de cualquier circunstancia estaremos con él o ella, pero la verdad es que solo algunos tienen la dicha de estar con esa persona para siempre. Me encantó D, te felicito.

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  3. Woow la verdad que vale la pena detenerse a leer la historia, la forma en que la cuentas y la describes te hace sentir que formas parte de ella. Te felicito, sigue así.

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  4. “Era una ilusión peligrosa, pero más tarde en la boda se dio cuenta que nunca fue más que eso.

    Qué dura esa parte… Seguramente no era su hilo rojo entonces

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