Estar desnudo

Las emociones que se activan después del primer enamoramiento son de una categoría que la gran mayoría de las veces provocan un descontrol psicológico para el que las siente. Desde la más rudimentaria hasta la más intensa y desgarradora. Esta es la historia de John.

John es un joven realista de 24 años. Nació lejos de la ciudad y vivió su infancia rodeado de muchas atenciones y cariños; para ser el hijo único de una mujer soltera, nunca sintió la ausencia de su padre. Al cumplir once años se muda junto a su madre a buscar una mejor vida que ya su pueblo no podía proveerle. Y fue así como un niño inocente, tímido y de apariencia fría fue sumergido en el tanque de tiburones hambrientos de la capital.

El primer año no fue nada fácil. Su personalidad tímida y cerrada le impedía hacer amigos fácilmente, y eso le frustraba. Él era apenas un recién llegado, el outsider, no lograba desarrollar el más mínimo sentido de pertenencia. Pero era solo cuestión de tiempo; para sobrevivir el estrés diario, la adaptación era, para mal o para bien, un proceso inevitable.

A los trece años, su madre decide enviarlo de intercambio al exterior, no solamente con el propósito de aprender un nuevo idioma, también para que aprendiera a valerse por sí mismo. John no entendía, llegó a creer que su mamá no lo quería cerca, que no quería enseñarle. No se sentía preparado, justo cuando apenas comenzaba a adaptarse a la capital y a hacer amigos, su mamá había decidido enviarlo a otro país, otra cultura, otra gente, otro idioma. Su inminente reacción fue romper a llorar, sobre todo después de enterarse que sería por cuatro años.

Y fueron cuatro largos años. A John le enseñaron a ser un adulto quizá muy prematuramente. Con apenas trece años, ya había aprendido a cocinar, lavar, planchar, y hacer todos los oficios de la casa. También aprendió a administrar su dinero, que aunque era limitado, le permitía vivir casi como un hombre independiente. Asimismo, al terminar los estudios secundarios, cuatro años después, llega el momento de regresar a casa.

Con diecisiete años, John vuelve a casa, donde lo esperaba su madre y sus más allegados con una celebración de bienvenida por todo lo alto. Después de compartir todas las anécdotas y experiencias vividas en el exterior, unos cuantos pasapalos y comida hasta decir basta, era momento de planear sus estudios universitarios. John seguía siendo un adolescente, pero el lado racional de su cerebro era muy similar al de un adulto mayor con responsabilidades. Ya no era el mismo niño ingenuo pueblerino que tenía miedo del futuro.

John comienza en su carrera después de unas cuantas confusiones vocacionales. Y es aquí en donde comienza a exteriorizar todo lo aprendido overseas. Su cabeza práctica y siempre racional lo ayudaron a destacarse entre los mejores de la clase. Trabó amistades sólidas pero pasajeras. Creó estrechas relaciones con varios profesores. Participó en un sinnúmero de proyectos que más adelante forjarían su pensamiento e ideario. De vez en cuando se divertía un fin de semana con sus compañeros y amigos, con unos tragos, fiestas, competencias, entre otras cosas. Parecía llevar una vida equilibrada.

El estilo de vida que llevaba parecía funcionarle, porque le proveía éxitos y logros palpables. Pero hay algo que no les he contado sobre John: él era muy escéptico cuando le hablaban de amor. El romanticismo no era su fuerte. Ver sufrir y salir lastimadas a las personas por ello siempre delimitaba un muro en ese aspecto de su vida. Él nunca había desarrollado sentimientos de amor por nadie, ni quería hacerlo. Con frecuencia se aventuraba a conocer gente nueva, citas, encuentros sexuales, experiencias poco trascendentes. El amor para él era como Santa Claus, una fantasía que las películas y la televisión seguían alimentando, repleta de finales felices y optimismo vacío.

“A cada cochino le llega su sábado”, o eso le decían sus amigos más cercanos. Algún día llegará alguien que causará un sismo en tu vida, bien sea para construirla nuevamente, o dejarla en ruinas. Sí, qué dramáticos eran esos amigos, ¿verdad?

Pero no estaban equivocados, no del todo.

Y como cuando un huracán se topa con un tsunami, así fue el rendezvous. John llega a una reunión de desconocidos, donde conoce al personaje que más adelante le quitaría el sueño. Implacable, terco, atractivo, carismático, presumido, patán. Su primera impresión fue como tragar zumo de limón concentrado. Se sentía incomodo e incluso intimidado por ese insoportable ser. Estrecharon sus manos, y así como se saludaron se despidieron.

Pero hubo una reacción química muy diferente allí, por lo menos en John. Physical attraction, chemical reaction, decía. Era sólo un crush pasajero.

No fue sino hasta un año después cuando ese crush ‘pasajero’ pasó a convertirse en el amor de su vida. Se volvieron a encontrar en otro evento social, pero esta vez fueron más allá: las miradas se cruzaron y solaparon entre la música, el champagne y los invitados. John, nervioso, sentía como unas pequeñas gotas de sudor comenzaban a descender de su frente, y por un momento pensó que se quedaba sin aire cuando el atractivo y carismático joven se acercaba a él con una media sonrisa que le inquietaba; “ya lo sabe todo” —fue el primer pensamiento defensivo que vino a su cabeza, y más adelante descubriría que no se equivocó.

Entre un intercambio de opiniones, intereses, chistes y risas, y una que otra copa, se les hizo tarde. La reacción química y la pasión fue implacable para ambos, y se escaparon juntos esa noche. Al día siguiente, John se despierta con un desayuno en la cama; por un segundo creyó que estaba en casa y su mamá se lo había traído, pero la cara que entró a la habitación no era la de ella, sino la de aquel personaje del rendezvous. Desde ese momento, todo su perspectiva sobre él cambió.

Opuestos se atraen, el cliché al parecer cobró significado práctico en la vida de John. Ya tenía 22 años y estaba experimentando su primer enamoramiento. Su cerebro prematuramente adulto estaba sumamente calificado para enfrentar cualquier reto profesional y laboral, pero su yo emocional estaba en pañales. Trescientos días de magnetismo, diversión, viajes, pasiones intensas, proyectos, discusiones, confesiones, celos y reconciliaciones fueron necesarios para marcar un antes y un después en el escéptico John. No pudo contener la violenta erupción de sentimientos nunca antes experimentados. Se sentía feliz, por un lado, porque se había entregado por completo a alguien, creía haber conseguido a la persona con quien pasaría el resto de su vida; pero tenía miedo, a su vez, porque no sabía controlar ese lado primitivo y emocional de su cerebro. Sentía que iba desnudo, a 200 kilómetros por hora, en un auto cuyos frenos estaban muy lejos de su alcance.

Pero a esa mesa comenzaron a darle los últimos golpes en las patas para terminar de quebrarla. Los últimos días juntos se habían hecho sumamente tediosos e insufribles, ya difícilmente podía disimularse el capricho que había hecho ebullición desde aquel desayuno llevado a la cama: John. Unas pocas semanas después de su cumpleaños, se hace realidad aquel miedo del que tanto le habían advertido sus amigos: el terremoto devastador. Con la labia que lo caracterizaba y el cinismo en su cara, le dijo a John esas palabras que él nunca iba a olvidar: “Es hora de poner punto y final”. La impresión de patán que había tenido en un principio, al final de cuentas, no estaba tan sesgada; se había quedado enamorado y solo. Su cerebro emocional estaba al desnudo, y todo el futuro que se había imaginado de repente se derrumbó sobre él. “Hay alguien más”, pensó, pero no permitió que las palabras llegaran a sus labios, su fuerte orgullo silenció su dolor, aunque las lágrimas en sus ojos no se hicieron esperar. John estaba a un par de meses de celebrar su graduación con el amor de su vida, pero ese sueño se desmoronó cuando aquellas siete palabras le dieron el empujoncito final al foso oscuro y frío que lo esperaba con tanto afán: el despecho.

Aislarse, callarse, rechinar los dientes e intentar disimular la tensión mientras la procesión iba por dentro, así fueron los meses subsiguientes en la vida de John. Pero aquel personaje llegó a su vida para hacerle entender, de la manera más dura e injusta tal vez, el grave error que cometía al mantener un corazón en pañales. Ser adulto no se agotaba en desarrollar conocimientos y destrezas racionales, se trataba también de adquirir madurez e inteligencia emocional.

“Tempus fugit”, el tiempo se ha escapado y con él los recuerdos, buenos y malos; el transcurso de los años sanó sus vastas heridas. Sin embargo, John no ha podido enamorarse de nuevo. Más allá de sus nobles deseos, comprendió que quitarse la ropa y tener relaciones será siempre mucho más fácil; la gente lo hace todo el tiempo. Pero entregarse por completo, abrirle su alma a alguien, dejarlo entrar en su vida, pensamientos, miedos, futuro, esperanzas, sueños… Eso, es mucho más difícil. Eso, es estar desnudo.

10 thoughts on “Estar desnudo

  1. Contar las cosas a través de la escritura te permite reflexionar de manera plena todos los eventos que con cada palabra cuentas. Buen relato!

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  2. Excelente cuento, logra plasmar muy bien las inseguridades que uno puede sentir y lo peligroso pero muchas veces necesario que es entregarse por completo a alguien que te gusta o como dices “estar desnudo” así termines perdiendo, siempre quedaran experiencias…

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